YO QUERÍA SER COMO BRITNEY
Ayer por la noche, aunque podría ser cualquier otra, salí de casa, era sábado, temprano, las siete u ocho de la tarde, un par de cañas y un porro, unas risas con los amigos, ese es el plan. Ya no quiero ser una pop star, me digo, ni parecerme a Britney Spears en sus mejores años. La cocaína ha pasado de moda, y yo he madurado.
Pero no contaba con esa tendencia tan natural en las cañas a sumarse, multiplicarse y exponenciarse de forma autónoma, la cerveza controla de mates y yo no. Ellas te conducen a un chupito, pero uno solo, lo que naturalmente solo desemboca en beber vino, que adquiere automáticamente la cualidad mágica de la cerveza de autorreplicarse, que te lleva de nuevo a fumar marihuana como si no hubiese un mañana, porque los anuncios antidrogas tienen razón y una cosa lleva a la otra y tu solo bebías cerveza y de repente te encantan los psicodélicos.
Las normas están para romperlas, pero sólo una vez. Así que a la mañana siguiente, o dos después, recuperas la autoconcienia en una calle desconocida junto a un tío cuya cara no te resulta nada familiar, has perdido los zapatos y la mitad de la ropa, tienes la cabeza rapada y un tatuaje borroso en el brazo izquierdo que reza, "amor de madre" o "amor de sangre", o algo parecido y cuando eres capaz de interpretar el cuadro abstracto que se refleja en el espejo, te dices ¡no volveré a beber nunca mas! Aunque, visto de otro modo, realmente te pareces a Britney Spears...
lunes, 5 de enero de 2015
martes, 28 de octubre de 2014
Se están comiendo los unicornios
SE ESTÁN COMIENDO LOS UNICORNIOS
No me llamen falta de fe, que yo creo en los unicornios.
No me llamen falta de fe, que yo creo en los unicornios.
Después de esa generación que se llamó la de los mileuristas, que
ronda ahora los 30 y se quejaban de que les habían vendido que
estudiar garantizaba un futuro laboral deseable: ser médicos,
abogados, profesores, publicistas, traductores... Después de ellos,
venimos los niños de los 90, una generación hipercualificada
(hiperformada, hiperdeformada...) que vivió el auge de Internet a
principios de los 2000, y muchos de los cuales hemos estado en un par
de países diferentes, al menos de visita, gracias a las becas
Erasmus. A nosotros no nos vendieron nada, a mi al menos, no, ya en
casa me advirtieron de que estudiar no garantizaba nada, fui
consciente del grave aumento del paro en España sobre el año 2001
(tenía 11 años) y la cosa sólo ha empeorado. Desde entonces, nos
persigue una constante sensación de estar palpando el fracaso, de
ser niños para siempre, porque este país no nos permite crecer y
tener un contrato-basura (unicornio), es tener suerte. A los niños
nos encantan los unicornios.
La nueva clase social que estamos generando, y a la que ahora quiero pertenecer, porque la alternativa es el desempleo, y es mejor creer que todo se arreglará en un par de años (que no se extinguirán los unicornios) que no creer en nada. La bendición social hacia los contratos-basura nos está estancando en el estado permanente de becarios o estudiantes en prácticas. Después de alcanzar el casi onírico mundo laboral, queda un camino largo a la independencia económica. Los primeros, los becarios, no cobran, se llama “compensación económica” a lo que la empresa quiera, o no, pagarles; los segundos, los aprendices, sí cobran. Según sus sueldos, ambos son generalmente pobres, es decir, por debajo del llamado índice de pobreza; en España, cinco de cada cien personas lo está, pero ni nuestros padres ni el Estado quieren que dejemos de creer en los unicornios.
En los últimos años el uso de la
palabra “becario” ha tenido un repunte aterrador, damos por
supuesto que tender un puente
escuela-empresa es una medida integradora, pero, como suele suceder,
se nos pierden detalles en el camino de la teoría (unicornio blanco
con purpurina) a la práctica
(pony deforme).
La realidad es dura, pero nadie nos
quiere a nosotros, becarios y aprendices, recién salidos de la
escuela, por debajo de los 25 y con unicornios en la cabeza; hago
mala publicidad de mí misma, pero soy honesta. El becario es,
utópicamente, un recién titulado, que cambia su tiempo por
aprendizaje y experiencia. Pero, regresando a la realidad, lo que
suele hacer es ocupar el puesto de un trabajador que la empresa no
puede o no quiere costear y por supuesto, lo hace mal. Tener becarios en la
plantilla, significa, a nivel legal, dar oportunidades a los jóvenes
y recibir por ello bonificaciones del Estado, pero, cuando se cierran
las actas del último curso en la Escuela, dejamos de
gozar de este privilegio y pasamos a buscar trabajo como aprendices y cobrar por primera vez un sueldo. Mientras nosotros hacemos
cola en el paro, la empresa escoge otro estudiante de último curso y
sigue recibiendo sus unicornios.
"Se
busca joven diseñador gráfico todoterreno, proactivo, con muchas
ganas de aprender. Requisitos: enseñanzas artísticas regladas,
programas Suite Adobe, 3D, maquetación web, UX, redes sociales,
nivel alto de inglés y nociones de caza de unicornios multicolor.
Imprescindible convenio con escuela".
En los casos de
éxito (unicornios blanquiazules), el becario termina sus prácticas
y la empresa desea conservarlo en su plantilla una vez terminado el
convenio de estudios, entonces puede, durante un máximo de dos años
y un mínimo de séis meses, siempre antes de que hayan pasado cinco
desde la finalización de sus estudios, contratarlo como aprendiz,
cobrando no menos del 60% del sueldo de otro trabajador que desempeñe
un trabajo equivalente. Teniendo en
cuenta los salarios mínimos en el 2014 según el Ministerio de
Empleo y Seguridad Social. El Salario Mínimo Interprofesional, es de
645,30€ (brutos) y para Ingenieros y Licenciados de 1.051,50€
(brutos). Dependiendo de la jornada, cualificación y porcentaje que
se le decida pagar (tomaremos 60-75% del sueldo equivalente) el suelo
de un aprendiz o trainee oscilaría entre 300€ y 900€/mes
(netos). Como dato de contraste, en las grandes ciudades, donde hay
mas movilidad de puestos de trabajo, alquilar una habitación en un
barrio periférico cuesta, difícilmente, menos de 200€ al mes y el
precio medio son 300€. Es decir, que trabajamos para ser pobres,
pero creemos en los unicornios.
Por
último, me retracto del título para decir que no es que se estén
comiendo ahora nuestros
unicornios, que se los siguen comiendo, sino que llevan comiéndoselos
tanto tiempo y con tanta gula (porque están riquísimos), que están
en peligro de extinción.
¿Qué
van a hacer cuando se acaben? ¿Comerse a los dragones?
jueves, 17 de julio de 2014
Largo Viaje
LAAARGO VIAJE
Cada pocos meses, desde hace mas o menos un año, me veo obligada a hacer un largo viaje en tren, que atraviesa entera la Península Ibérica. Desde Barcelona hasta mi Galicia natal. Por razones relacionadas a mi trabajo y mi poca capacidad adquisitiva, necesito llevar un gran equipaje, que excede en muchos quilos el margen de la mas generosa de las compañías aéreas. En los trenes a nadie le importa nada.
Cada pocos meses, desde hace mas o menos un año, me veo obligada a hacer un largo viaje en tren, que atraviesa entera la Península Ibérica. Desde Barcelona hasta mi Galicia natal. Por razones relacionadas a mi trabajo y mi poca capacidad adquisitiva, necesito llevar un gran equipaje, que excede en muchos quilos el margen de la mas generosa de las compañías aéreas. En los trenes a nadie le importa nada.
El
trayecto entre Barcelona y A Coruña son entre trece y catorce horas,
recorrido que hacen dos modalidades de tren: el conocido Tren Hotel,
que viaja por la noche, y donde los pasajeros viajan en
compartimentos de entre cuatro y séis camas, hacinados como yo me
imagino los guetos de los campos de concentración nazis. A la hora
de dormir, apagan las luces y los asientos se bajan y se convierten en
camas: tienes que acostarte, porque ya no cabes incorporado de
ninguna manera en el compartimento. El régimen también es nazi. Si
no concilias el sueño, debes yacer acostado, como si esperases la
muerte. También tiene algunos vagones con asientos normales, pero el
toque de queda se aplica también en el tercer grado. Yo nunca cojo este tren.
El
otro tipo de tren es un tren normal, que viaja de día, es mas barato
que los trenes con camas y representa uno de los pocos vestigios de
la Prehistoria que se conservan intactos hasta nuestros días en la
Península. Los íberos, a finales del Neolítico, ya viajaban en
Alvia. Algunos investigadores creen que también la Inquisición los
utilizaba en el Medievo para acelerar las confesiones.
Su origen inmemorial hace que estén protegidos como especie en
peligro de extinción, pese a que de vez en cuando, provocan una
tragedia.
Corren muchas leyendas sobre el Alvia, hace tiempo unos Peregrinos me dijeron que vieron uno con enchufes, no les creí. Ahora mismo estoy en un tren y una señora con capucha me señala uno en silencio ¡Joder, tiene enchufes!
Nada
mas subirme, hago un par de llamadas que llevaba días
posponiendo y reflexiono sobre varios asuntos de mi
trabajo y de mis estudios que tenía pendientes. Inclus avao avanzo
ciertas tareas. ¡Qué bien se aprovecha el tiempo en el tren!
Después me como los bocadillos que traía preparados; echo
una pequeña cabezada; hago un esbozo para un cómic, pero el tren se mueve
demasiado y es imposible mantener el pulso. Me mareo,
había olvidado que no puedo fijar la mirada cuando viajo. Así
que escucho música; trato de volver a dormir; veo una película en
el ordenador y vuelvo a marearme. Trato de volver a dormir, no lo
consigo; como chuches y bebo café. Y aun quedan ocho horas. Ahora es
cuando realmente estoy sola: me he aburrido y/o comido todo lo que
tenía para entretenerme. Solo queda la ancha Castilla.
Pasa
el tiempo y soy paciente, observo por la ventana, veo el trigo,
creciendo lento y aprendo de el, comprendo que los humanos somos
seres frenéticos y desnaturalizados. Que mi vida se basa en destruír
otras vidas, que debo prescindir del mundo occidental y me propongo
abandonar las ciudades e irme al campo, cultivar la tierra con mis
propias manos y vivir con lo mínimo. Sigue pasando el tiempo y ya no
sufro, me Ilumino, descubro el Tao, el Camino budista, que se
recorre a través de la no-acción, del pacifismo
inactivo, que a su vez lleva al no-sufrimiento. He aprendido a vivir
en estado de contemplación, ya no necesito bienes materiales, estoy
en armonía con el Mundo. Alcanzo el Nirvana, estadio mas alto de la
meditación, soy una Bodhisattva, discípula del Gran Buda Amithabha.
Los
gritos de un niño con su hermano me arrastran fuera del Nirvana,
como si me echasen agua por encima, el mayor le pega al pequeño,
discuten por una galleta, la última galleta en el tren y soy el
triste testigo de otra escena en la que el ser humano se convierte de
nuevo en salvaje ante la mínima desavenencia. El Buda enseña que no se debe intervenir, confiamos en la justicia del Karma, que a cada uno devolverá en la siguiente vida el precio de sus acciones.
Todavía
quedan séis horas de viaje. Y medito sobre ello. ¿Es que no estaré
ocultando mas que temor tras un muro de falsa espiritualidad?
¿Tenemos los humanos el acceso a alguna verdad del Mundo? ¿O sólo
nos arrastramos por la Tierra, intentando comprender misterios
insondables sin respuesta? Degradándonos con falsas teorías, ideas e hipótesis,
alejándonos del Señor, que sólo nos pide creer y acercándonos
cada día mas al Demonio... Comprendo que Jesucristo ha muerto por
nosotros y que yo soy una pecadora, que me miento a mí misma,
confundiendo continuamente el Bien y el Mal. Dios me odia, porque soy del Demonio. El Demonio está en mi, es parte de mi e iré al
Infierno. Me siento miserable. Una señora me nota nerviosa y me
ofrece una botella de agua y lo entiendo todo: Dios es piadoso y no
me abandona, aunque yo haya pecado. Juro una vida de abnegación para
ayudar a los demás. Con mi arrepentimiento, ganaré mi redención. Diós me asegura que todavía una parte de mi
alma no está corrompida: regaño al niño que le ha pegado a su
hermano y comienzo mi labor de evangelizar.
Los
niños se aburren pronto de mi, dejan de escucharme. Se burlan y me
planteo si mi estadía en la Tierra tiene algún significado, si ni
siquiera puedo comunicar a unos niños mi amor por Dios... ¿qué
estoy haciendo? ¿por qué permite Dios tanto sufrimiento? ¿por qué
no encuentro mi lugar en el Mundo? He mordido la manzana, soy débil
y como cada día del Árbol de la Ciencia ¿y si escondo tras mis
alabanzas un sentimiento ególatra? Soy enemiga de Dios
¿por qué hago páginas web si soy anticapitalista? ¿Qué oculta el sentido contradictorio de mis acciones?
Estoy
enferma, esta clarísimo que estoy enferma. Tengo un problema y por
eso miento constantemente, a mi y a los demás, aferrándome a credos que pasan por mi vida una noche, para no afrontar
que el problema está en el centro de mi mente. Me engaño para sentirme parte de un colectivo que
me aprueba y no toparme con mis frustraciones de frente,
que se traducen habitualmente por un cúmulo de manías, animosidad
vulnerable e inseguridad. A veces me creo el ser mas afortunado y
otras veces el mas desafortunado de todos los del planeta. Mi mente
es un laberinto desordenado con cámaras estancas, como esa parte del
tren a la que no puedes entrar, pero oyes claramente su traqueteo, su
mal funcionamiento, ahí, detrás de tu propio vagón.
En
un ejercicio de auto-análisis busco las motivaciones profundas
de mis actos, las mas secretas y oscuras, que organizan
toda la arquitectura de los deseos, el sustrado que mueve mi vida diaria y veo que mi
conducta no es mas que el resultado de una suma mal resuelta de los traumas de mi
infancia. Recuerdo que de niña quería ser entrenadora de perros.
Buda,
Dios, el Ello, El Tren... que son la misma
cosa han puesto la semilla de la duda en mi corazón, para convertir
el antes firme prado de mi personalidad en
un campo minado, lleno de agujeros, todavía humeantes. Entro
en crisis y lloro, lloro porque ya no se quién soy. Y me duermo.
No
sé que hora es, pero tengo de nuevo mucha sed y he olvidado traer
dinero suelto para comprarme una botella de agua. El agua del grifo
no debe beberse. Hace tiempo que no como ni bebo nada, me siento
débil y sola. Me entretengo jugando a 95. Cuento los postes
eléctricos que van junto a la vía del tren hasta 95. Es un juego
entre El Tren y yo, lo hacemos siempre, contar los postes hasta 95.
Me divierto, pero no es una broma, si me salto un número, el tren
descarrilará.
No
se ve nada por la ventanilla ¿dónde estamos? ¿a dónde me llevan?
Tengo miedo. Solo quedamos cinco personas en el vagón y creo que los
otros tienen pinta de chungos. Muerdo las mangas de mi chaqueta para
sentirme mejor.
¿Se
habrán comido ellos a los demás? No quiero preguntarles qué hora
es.
Sigo
jugando a 95 y el revisor se acerca, pregunta algo. No entiendo.
Tengo miedo. Ladro, ladro y gruño, todo lo alto que puedo, espumeo
por la boca y saco los dientes. Se aleja, el revisor se aleja. Ya
estoy mas tranquila.
Tengo
mucha sed. Voy a beber. Me levanto y camino hasta el baño, el suelo se mueve mucho, no me gusta. Bebo del váter. ¡Cuánto necesitaba agua!
Vuelvo a mi asiento, me enrosco, haciéndome una bola y me duermo.
Me
despiertan. Quiero seguir durmiendo. Varias manos intentan
agarrarme, levantarme, me empujan. Tengo mucho, mucho miedo y ladro,
ladro fuerte y me resisto, les muerdo las manos y me resisto, pero pueden conmigo y me
arrastran fuera ¿A dónde voy a ir?
viernes, 18 de abril de 2014
lunes, 24 de marzo de 2014
domingo, 2 de marzo de 2014
jueves, 20 de febrero de 2014
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